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01 marzo, 2006

Clarividencia (parte 4)

El concierto de rock era en la sala de un pequeño pub de las afueras de la ciudad. El calor del interior de la sala contrastaba con el frío invernal del exterior, lo que hacía que nada más entrar por la puerta se apoderara de los presentes la sensación incómoda que precede a la sudoración.
Tras la cola de la entrada, Celeste y sus amigas pudieron acceder por fin al local. Se abrieron paso entre la gente para colocarse en el centro de la sala. El concierto iba a empezar ya y Sandra miraba nerviosa alternativamente su reloj y la puerta. Al cabo de un los ojos se le iluminaron. Ana y Celeste se dieron la vuelta y vieron a Sandra besar a un chico alto y moreno, que la rodeó con sus brazos. Sonrientes, se acercaron a ellas cogidos de la mano.

- Eh, pues no está nada mal el tío. Joder con la Sandra. –le comentó Ana a Celeste por lo bajini.

- Chicas, éste es David... David, éstas son Ana y Celeste.

El concierto estaba a punto de empezar. Se oyeron algunos gritos cuando los artistas salieron al escenario con sus guitarras.
Sudor, todo era sudor. La gente saltaba y cantaba al ritmo de la música estridente. Celeste iba de un lado a otro saltando, intentando seguir el ritmo de los demás y no acabar aplastada. Pero no estaba allí. Pensaba en Luis y lo que le había dicho Elvira. Pensaba en Jorge y en cómo miró a Ana aquel día en el Roxy. Miraba de reojo a Sandra y David y sintió envidia de su felicidad. Algo en su interior la impulsaba a seguir saltando.
La masa humana empezó a volverse más inestable. El ritmo regular se rompió y algunos se empujaban los unos contra otros mientras seguían saltando y gritando. Algunos espectadores se apartaron, avasallados por la violencia de la multitud. Ana se había separado del grupo nada más empezar el concierto. Aquello de saltar y sudar no iba con ella. Poco después, Sandra se reunió con ella en la barra. David se ofreció a acompañarla, pero ella se acercó para chillarse algo al oído.

- ¡Quédate tú y disfruta del concierto! ¡Y de paso le hechas un ojo a Celeste, que no sé que hace ahí metida donde hay más follón!

Celeste se dejó contagiar poco a poco por la locura colectiva. Ella también chillaba. Chillaba por dentro y por fuera. La imagen de Jorge mirando a Ana el pub volvió a su mente. ¿Por qué se sentía tan vulgar e insignificante?
David se puso a su lado, intentando frenar la violencia de los que la zarandeaban de un lado a otro. Ella estaba como ida, gritando sin parar. Ambos se movieron al ritmo de la gente. Chocaban el uno contra el otro en cada salto. Las gotas de sudor salpicadas de los cuerpos empapados parecían estar flotando en el aire. Celeste deseó que Jorge estuviera allí en ese momento y poder chocar con él involuntariamente, del mismo modo que estaba chocando con los que la rodeaban. Quizá en alguno de aquellos encontronazos íntimos y resbaladizos, él se diera cuenta por fin de lo que sentía por él y fueran a esconderse a una esquina del pub, uno en brazos del otro, para saborear la sal en su piel.
Pero era imposible, tan imposible que dolía y tenía que seguir gritando. Un momento más tarde, una de las embestidas de la gente la hizo tambalearse de tal modo que iba a caer al suelo. Pero David estaba a su lado y la cogió en el último momento por un brazo. La mano le resbaló gasta la muñeca de Celeste y la atrajo hacia él. En ese momento, ella se sintió extraña., un flash la cegó y una escena le vino a la mente...
“Era una habitación sencilla y cálida. Había un chico de pie junto a la cama, desnudo de cintura para arriba. Le reconoció enseguida. Era David, al que acababa de conocer. Abrazaba a una chica. Le apartaba el pelo y le hundía la cara en el cuello, acariciándole la espalda. Oyó los suspiros de ambos y los besos. De repente, él empujó a la chica sobre la cama...”
Celeste se desvaneció y David tuvo el tiempo justo de cogerla para evitar que cayera al suelo. Salieron de la multitud y Ana y Sandra se acercaron asustadas. Entre los tres la llevaron hacia la barra y la sentaron en uno de los taburetes. Después de abanicarla con unos folletos que les dio la camarera, Celeste abrió los ojos. Parpadeó varias veces, volviendo a la realidad y sin entender aún lo que había ocurrido.

- Celeste, tía, ¿te encuentras bien? –Preguntó Ana.

- Cre... creo que sí.

- Menudo susto nos has dado.

- ¿Qué... qué me ha pasado?

- No lo sé, –dijo David.- De repente se te han puesto los ojos en blanco y te has desplomado. Menos mal que he podido cazarte al vuelo.

Celeste se levantó, asegurando que estaba bien, sólo había sido un pequeño mareo. Pero ¿Qué le había pasado? ¿Había sido una alucinación? Quizás era por el calor.

- Será mejor que me vaya a casa. Estoy cansada y creo que el calor me ha afectado un poco.

- ¿Tan pronto? –se quejó Ana- pero si el concierto aún no ha terminado...

- Déjala, que no se encuentra bien. ¿No le ves la cara? Parece que haya visto un fantasma. –dijo Sandra.

- Si quieres te llevamos en mi coche –se ofreció David. –Es mejor que te no te vayas sola, no vaya a ser que te vuelva a dar un mareo de esos en plena calle. Voy a traerlo, vosotras salid a la puerta.

Y dicho esto, se alejó hacia la salida.

- ¿A que es majo? –dijo Sandra.

- Pues sí, lo parece –dijo Celeste aún algo confusa.

- Yo le daría un 8, desde luego. –dijo Ana.

Las tres rieron la gracia y se dispusieron a salir del local.
David detuvo el coche frente al portal de Celeste y ésta bajó del coche.

- ¿Seguro que no quieres que te acompañemos arriba? –Preguntó Sandra.

- Seguro, iros tranquilos. Estoy bien. Gracias por traerme.

- Buenas noches.

- Buenas noches.

Mientras entraba en su casa, Celeste empezó a darle vueltas a lo sucedido. ¿Qué le había pasado? Había sido como uno de sus sueños, pero esta vez no estaba dormida. Como en sus sueños, había visto la escena perfectamente, con todo detalle. Era como si ella estuviera allí, como si fuera la espectadora de una película que iba pasando delante de sus ojos. Se preguntó si estaría loca. No, no había que exagerar. Estaba cansada y el calor la había afectado un poco, eso era todo.

05 febrero, 2006

Clarividencia (Parte 3)

Se pusieron a bailar en un lado de la pista, disfrutando de la música. Ana era sin duda el centro de la atención masculina y lo sabía. Se deleitaba espantando a todo aquel que se le acercaba a invitarla a una copa o a susurrarle proposiciones al oído.
La noche avanzaba y el local iba llenándose cada vez más. Los grupos de gente entraban y salían deslizándose entre la masa de jóvenes que bebían, bailaban y charlaban a gritos. De repente, el corazón de Celeste se aceleró al ver que Jorge, su compañero de clase, entraba por la puerta del pub junto con otros tres chicos. Estaba guapísimo con aquel sueter negro y los pantalones vaqueros algo ceñidos. En ese momento, el resto del mundo dejó de existir. Sólo le era posible escuchar el latido de su corazón mientras le observaba avanzar entre la gente como a cámara lenta. Ana y Sandra conversaban animadamente y no se percataron de su distracción repentina.
Los recién llegados se detuvieron junto al bar, a una distancia prudencial de ellas. Jorge se inclinó sobre la barra, pidió una copa y mientras esperaba su bebida tamborileó con los dedos sobre el mármol. Al levantar los ojos, se encontró con los de Celeste, a la que pilló por sorpresa. La saludó con un ligero movimiento de cabeza, al que ella respondió del mismo modo. Celeste pensó que si fuera más valiente se acercaría a hablar con él, pero avergonzada, bajó la mirada y apuró su vozka con limón. Cuando se atrevió a mirarle de nuevo, él conversaba con uno de sus amigos. Sin embargo, le pareció que miraba de nuevo hacia donde ella estaba. No, no la miraba a ella. Estaba mirando a Ana. La observó con interés durante unos segundos, mientras uno de sus amigos le hacía algún comentario al oído que le hizo sonreír.
Celeste sintió como una oleada de decepción se apoderaba de ella, pero se dio la vuelta para unirse a sus amigas e intentar olvidar lo que acababa de ver. Sin embargo, alguien más estaba mirando a Ana con interés hacía un buen rato, y decidió que ya era hora de hacerse visible. Paco se acercó a ellas y cogió a Ana por la cintura.
- Por fin te encuentro. Sabía que hoy te vería por aquí.
Ana se deshizo de sus manos y le apartó de ella.
- Paco, por favor. Te he dicho mil veces que no me hagas eso. Déjame, ¿no ves que estoy con mis amigas?
- Sí, ya lo veo... Lo que veo es a un montón de moscones esperando la oportunidad de tirársete encima. Sólo quiero protegerte.
- Protegerme dice, ja. Pues para que te enteres, no necesito tu protección. ¿Y si resulta que me gusta alguno de esos moscones?
Paco la cogió del brazo con fuerza.
- Que le parto la cara y se le quitan las ganas de volverte a mirar. –Susurró.
- Ya está bien, Paco. ¡Hemos terminado! ¡¿Cuántas veces quieres que te lo repita?! ¡Suéltame!
- Vale, vale, no te pongas nerviosa, tía. –Dijo Paco levantando los brazos.- Estaré en la barra, por si me necesitas.
Y dicho esto se apartó de ella. Durante el resto de la noche no le quitó el ojo de encima a Ana, lo que hizo que ella se pusiera cada vez más nerviosa.
- Tías, me largo, no lo aguanto más.
- Sí, es tarde, vámonos,- dijo Sandra.

El lunes por la mañana, Celeste se levantó extrañamente descansada y sin recordar que hubiera soñado en toda la noche. “Por fin me he librado de esos endemoniados sueños”, se dijo mientras se arreglaba para ir a clase. Tras prepararse el almuerzo y comprobar que su compañera de piso se había vuelto a dejar el friegue en la pila, suspiró y salió de casa.
Cuando volvió a mediodía a su piso comprobó el contestador, como de costumbre y vio que había un mensaje. Lo escuchó mientras descargaba la mochila y se quitaba la chaqueta. “Celeste, soy Sandra” en su voz había preocupación “Estoy en casa de Ana, con ella... Alguien le prendió fuego a su coche ayer por la noche y está muy nerviosa, piensa que la quieren matar... Vente si puedes cuando escuches esto... Hasta ahora”. Celeste, desconcertada, se dejó caer en la silla que había tras ella e intentó poner orden en los pensamientos que se agolpaban en su mente. ¿Era posible que el sueño que había tenido durante las últimas noches estuviera relacionado con lo que le había pasado a Ana? Por un momento, recordó de nuevo el fuego consumiendo el coche de su sueño, el calor, el humo. No, era sólo una casualidad. Pero una casualidad que no dejaba de ser curiosa. Se volvió a poner la chaqueta y se dirigió a casa de Ana. Cuando Sandra le abrió la puerta se encontró a su amiga llorando en el sofá. Estaba furiosa.
- Le voy a denunciar, le voy a denunciar por esto y... y... por acoso. –decía Ana entre sollozos.
- Lleva así un buen rato. –explicó Sandra.
- ¿Quién ha sido? –preguntó Celeste.
- La policía no ha encontrado ninguna pista todavía. Puede que hayan sido unos gamberros que...
- ¡Ha sido él, estoy segura! –gritó Ana- pero se va a enterar de quién soy yo.
- Cálmate, Ana, ¿de quién estás hablando? –preguntó Celeste sentándose a su lado e intentando consolarla.
- Ella cree que ha sido Paco.
- ¡Es un psicópata degenerado! Sólo así se explica que me haya quemado el coche.
- Yo creo que es mejor no precipitarse en acusar a nadie, hasta que la policía encuentre alguna prueba. –Recomendó Celeste- Además, me temo que Paco no es único chico al que has rechazado últimamente. Acuérdate de Sergio, que no te dejaba en paz.
- ¡Pues yo estoy segura de que ha sido Paco! Y más le vale no pasear su careto delante de mí porque no respondo de mis actos.
Celeste decidió ahorrarse el comentario sobre el extraño parecido entre su sueño y lo ocurrido. Ana no estaba para que le contaran cuentos chinos.
El fin de semana siguiente las tres amigas quedaron para ir a ver un concierto de Rock en una sala de las afueras de la ciudad. Cómo Ana se había quedado sin coche, Sandra se había ofrecido a llevarlas en el suyo, un viejo Renault heredado de su padre. Celeste se encontró con Ana en su portal, donde habían quedado con Sandra.
- ¿Estás mejor?
- Sí, qué remedio, tendré que joderme y resignarme. –Se sacó un pitillo del bolso y lo encendió. –Le he contado a la policía lo de Paco, pero sin pruebas no pueden hacerle nada. Me da una rabia...
- Ten paciencia y verás como se aclara todo.
- Cambiando de tema, que éste no me gusta mucho, espero que Sandra traiga a su amiguito, me muero por conocerlo. Ah, ahí viene...Pero joder, si viene sola.
Sandra se detuvo con el coche frente a ellas.
- ¿Dónde te has dejado a David? Ana se muere por conocerlo.
- Eh, y tú también, no disimules. Pero que conste que es un interés de amigas, para comprobar que no te has liado con el tío equivocado.
- Ya... No os preocupéis. Va a venir al concierto.

31 diciembre, 2005

Clarividencia (Parte 2)

“El fuego subía en oleadas anaranjadas y rojizas, cubriendo el aire de ceniza. Un olor a gasolina y a cuero quemado impregnaba el ambiente mientras el coche ardía. El interior se consumía rápidamente, desprendiendo un calor asfixiante. El aire quemaba. Le quemaba las fosas nasales y los pulmones, no podía respirar y, de repente, la explosión.”
Celeste se despertó sobresaltada y jadeante. Aspiró una bocanada de aire puro como si llevara un rato sin respirar y empezó a tranquilizarse. Otra vez el sueño.
Se levantó, aún aturdida y miró el reloj. Las 18.25. Había dormido muy mal esa noche y se había echado en la cama después de comer. No esperaba quedarse dormida tanto rato. Ya más despejada, se sentó ante el escritorio para ponerse a estudiar. Cuando ya llevaba un rato leyendo sus apuntes de clase, llenos de garabatos y tachones, sonó el teléfono. Era Sandra, que llamaba para avisarla de que habían quedado Ana y ella para salir el próximo sábado.
- ¿Vas a traer a David para que le conozcamos por fin?
- No puede, ha quedado con sus amigos. Otro día.
- Qué pena. Bueno, entonces nos vemos el sábado.
- Vale, adiós.
- Adiós.

El jaleo nervioso de los pasillos reflejaba la tensión de los exámenes desatada en los descansos entre apuntes y libros. La facultad bullía de actividad mientras Celeste se dirigía al despacho de su profesor de dialectología inglesa. Tras subir al quinto piso, comprobó en el directorio de la planta la ubicación del despacho del profesor y se dirigió hacia él por el pasillo correspondiente. Mientras avanzaba, vio a algunos alumnos que se agrupaban junto a las listas de notas expuestas en los tablones y comentaban su suerte y la de sus compañeros. Otros charlaban junto a la máquina de café.
Celeste iba leyendo los números de los despachos, intentando localizar el que estaba buscando. No le hizo falta seguir mirando cada puerta porque de repente vio salir al profesor de una puerta al final del pasillo. Se estaba despidiendo de Jorge, un compañero de clase. Celeste le miró sin disimulo desde la intimidad de la distancia que les separaba. Jorge, el chico por el que suspiraba la mayoría de las chicas de clase.
Era alto y delgado, de pelo moreno y brillante. Sus facciones marcadas pero a la vez delicadamente definidas le daban un cierto aire de chico rebelde. Su estilo de vestir era muy particular. Parecía descuidado y casual, pero Celeste estaba segura de que elegía cuidadosamente su vestuario. Pero lo que más la fascinaba eran sus ojos negros, capaces de cautivar a cualquier mujer que osara enfrentarse a ellos.
Celeste no era una excepción. Sin embargo, nunca había cruzado más de dos palabras con él. Estaba segura de que él ni siquiera sabía que existía.
Jorge se despidió del profesor y se dirigió hacia ella por el pasillo. Sus miradas se cruzaron por un momento.
- Hasta luego. –La saludó con un leve movimiento de cabeza
- A... Adiós.
Maldita sea. Ya había vuelto a quedarse petrificada. Por lo menos él sabía que iban a la misma clase. Sus pensamientos se disiparon cuando se encontró frente al profesor y sacó su trabajo de su carpeta de separadores.
La semana pasó lentamente para Celeste, entre clases y visitas a la biblioteca. Los exámenes estaban cerca y se pasaba el día estudiando. Parecía que el fin de semana no llegaría nunca. Pero llegó por fin y Celeste cerró la carpeta de sus apuntes. “Debo arreglarme para esta noche” pensó. Irían donde siempre, a la zona de pubs de moda en la ciudad. Ana conocía a mucha gente y siempre las dejaban entrar gratis donde quisieran. Tras una larga revisión del contenido de su armario se decidió por unos pantalones negros ajustados y una camiseta roja de tirantes con un generoso escote. Se miró en el espejo del baño y suspiró resignada. “Bueno, no estás mal del todo”, se dijo para convencerse. Después se maquilló y se recogió el pelo en un moño, dejando que un par de mechones le cayeran libremente sobre el rostro.
El sábado a las once de la noche la ciudad presentaba un aspecto totalmente diferente al que ofrecía durante el día. La noche era de los jóvenes. Grupos y grupos de jóvenes hablando distraídamente en los bares y yendo de aquí para allá con sus motos y sus coches de segunda mano. Cada uno expresándose a su manera, con su propio estilo y su manera de vestir y divertirse. Todos diferentes, pero a la vez todos buscando lo mismo: una liberación semanal de las obligaciones y rutinas impuestas por la sociedad, una aventura que le ponga chispa a una vida que juzgan demasiado aburrida y exigente.
Celeste se confundió con la multitud de jóvenes que llenaban la Plaza del Castillo, centro neurálgico de toda juerga nocturna, y se convirtió en una más. Se detuvo en la puerta del bar en el que había quedado con sus amigas y las buscó con la mirada. Al poco rato apareció Ana, vestida con uno de sus habituales minivestidos de fiesta, lo que provocó las miradas de admiración de todos los chicos que se encontraba a su paso. Celeste ya estaba acostumbrada al efecto que provocaba su amiga en los hombres, así que se acercó a saludarla.
- Menos mal que has llegado, me ha parecido ver a Paco, mi ex, y no me apetece nada que venga a darme la plasta. Mira ahí viene Sandra. Entremos, joder, que me estoy quedando helada.
Se metieron en el pub. Tomaron unas copas y Ana se puso a parlotear sobre su trabajo y sobre cómo Elvira le hacía la vida imposible.
- Pues hablando de la reina de Roma, por ahí viene –dijo Celeste.
- No me digas... –dijo Sandra.
- Hola chicas, ¿qué tal? –Saludó Elvira con una sonrisa sin duda ensayada- Celeste, cuánto tiempo sin verte. Me alegro de que te hayas decidido a salir, por fin. No te veía desde lo del chico ese... ¿cómo se llamaba?
- Eh...Luis.
- Ah, es verdad. Pues nada, deberías salir más, que si no te vas a quedar para vestir santos. Es broma. Bueno, me voy, que me están esperando. Nos vemos.
Las tres la miraron con odio mientras se alejaba para unirse a un grupo que estaba en la pista de baile. Celeste rememoró en un momento su ruptura con Luis. Se dio cuenta de que aún no lo había superado.
- ¿A qué habrá venido ese comentario? Es que tiene el don de la oportunidad, la muy guarra. –Comentó Ana. –Y tú ni caso, ¿eh? –le dijo a Celeste- ésta es nuestra noche y nada nos la va a arruinar. Vamos a bailar.

30 noviembre, 2005

Clarividencia (Parte 1)

Celeste se frotó los ojos y se incorporó para encender la luz. Se volvió a tumbar en la cama. Otra vez el mismo sueño. Últimamente, soñaba muchísimo. La mayoría de las veces eran cosas ilógicas e inconexas, pero hacía tres noches que tenía un sueño recurrente. Fuego. Sólo veía llamas con un fondo negro. Eran llamas de un rojo intenso, como el de la sangre, y de ellas se desprendía un humo negruzco que se confundía con el fondo de la imagen. Sólo eso, fuego.
Ya llegaba tarde otra vez a la cita con sus amigas. Era sábado por la mañana. El centro de la ciudad estaba lleno ya a esas horas. Mujeres que venían del mercado con sus carros de la compra, parejas que paseaban bajo el tibio sol invernal, taxis, coches, autobuses y, sobre todo, ruido, mucho ruido. Cruzó un semáforo y vio a Ana encendiendo un cigarro en el mechero de un desconocido. Después, se lo agradeció con una de sus encantadoras sonrisas. Cuando el chico siguió su camino, pudo ver a Sandra con su abrigo de pana y sus pantalones vaqueros desgastados. Se aproximó a ellas.
- Eh, chicas.
- Por fin apareces. Llevamos media hora de plantón. -Se quejó Ana.
- Lo siento, se me han pegado las sábanas.
- A mí también me ha costado levantarme, ¿qué te crees? Ayer salí hasta las tantas. -Siguió Ana.
- Se volvió a encontrar con Paco. -Añadió Sandra con ese tonillo tan peculiar que incita al cotilleo.
- ¿El que la tenía pequeña?
- Ése. ¡Qué tío más pesado! No sé como hacerle entender que no quiero nada más con él... Pues lo que os decía: me fui al Roxy y conocí a un tío impresionante. Se llama Adam y es de Londres. Yo, claro, ni papa de inglés. Menos mal que él sabe un poco de español.
- ¿Y si seguimos hablando con un cafetito delante? Me estoy congelando. -Sugirió Sandra.
- Buena idea.
Ana hizo una pausa para darle un sorbo a su cortado y continuó alabando las virtudes de Adam. Sandra y Celeste intentaban seguir el ritmo nervioso de su conversación, llena de exclamaciones y exageraciones.
- Por cierto, tenéis que ver mi coche nuevo. ¡Es una pasada! He aparcado lejos, porque el centro está imposible. ¿Y vosotras qué contáis?
- No tanto -contestó Sandra-. Sigo con mi trabajo en la tienda de ropa. El mes que viene se me acaba el contrato y no sé si me renovarán. La verdad es que no me apasiona mucho trabajar allá en mi pueblo, pero menos da una piedra.
- ¿Por qué no buscas otra cosa aquí en la ciudad? No puedes pasarte la vida en tiendas rurales- sugirió Celeste.
- Pues sí, pero es que con mis estudios...
- Mírame a mí. No acabé el instituto y estoy ganando una pasta -dijo Ana.
- Yo no puedo ser modelo como tú.
- Pero hay otras muchas cosas. Sólo tienes que encontrar la que te vaya a ti. -Ana chasqueó la lengua- No quiero caras largas hoy, ¿eh? ¡Es sábado, por el amor de Dios! ¿Y tú qué? ¿Sigues teniendo sueños surrealistas? Si al menos fueran eróticos...
- Pues la verdad es que sí. Últimamente sueño con fuego. Llamas y llamas de fuego.
- ¿Sólo fuego? –se extrañó Sandra.
- Sí, mujer. Es el fuego de sus entrañas que lucha por salir y quemarlo todo –recitó Ana en tono burlón– ¿No dicen que los sueños son mensajes del inconsciente?
- Entonces el mensaje debe ser que estoy quemada. Gracias, ya lo sabía.
Las tres rieron al unísono, aunque las carcajadas de Ana se oían muy por encima que las de las demás.
- ¿Cómo llevas las clases? -Se interesó Sandra.
- Bien... Como siempre. Ya queda menos para acabar la carrera. Tengo muchas ganas de ponerme a trabajar. -Contestó Celeste.
- Pues no tengas tanta prisa, esto es un asco. -Aseguró Sandra.
- Mujer, tampoco es para tanto, -espetó Ana- . Si no fuera por gente como Elvira, trabajar no estaría tan mal.
- No me hables de esa zorra. Cada vez que la veo me tiene que soltar una de las suyas. -Dijo Sandra.
- ¿Qué ha pasado esta vez? -Preguntó Celeste.
- El otro día fui a recoger a Ana y me miró con esa cara de desprecio y de superioridad que pone...
- Es la única que tiene. -Interrumpió Ana.
- Y me dice la muy guarra: “¿Qué tal las Navidades? Por lo que veo el turrón ha hecho estragos. Deberías pensar en cuidarte un poco”. ¿Quién se cree que es ella? ¿Miss Universo?
- La verdad es que es guapísima y tiene un cuerpazo que te mueres. -Concedió Celeste.
- Pero no se puede ir por la vida mirando a todos los demás por encima del hombro y jugándoles malas pasadas. -Protestó Ana.
- Esa tía haría cualquier cosa por su imagen y su carrera. -Siguió Sandra.
- Venga, no se merece ni que hablemos de ella. -Dijo Celeste.
Se hizo el silencio durante unos instantes.
- Bueno -dijo Sandra-, tengo otra cosa que contaros... estoy saliendo con alguien.
- ¡Eh! ¿Por qué no lo has dicho antes? -Se quejó Ana-. Cuenta, ¿Quién es? ¿Le conozco?
- No le conocéis. Se llama David y es el hermano de una compañera de trabajo.
- Uh... qué morbo -exclamó Ana.
- Qué calladito te lo tenías. ¿Desde cuándo salís?
- Desde hace un mes. No os lo he dicho antes porque no sabía si la cosa iba en serio.
- Mira la mosquita muerta. –Siguió Ana–. Por fin sales con alguien. Ahora has de aprender el arte de utilizar a los hombres.
- ¡Calla ya Ana! No le des consejos. ¿No has oído que van en serio?
- Bueno, y... ¿qué tal es en la cama? -Insistió Ana.
Sandra se puso roja como un tomate.
- ¡Ah! No os habéis acostado todavía.
- No seas bestia, Ana. Es el primer chico con el que sale.
- Es monísimo. Tenéis que conocerle. A ver si quedamos la semana que viene y os lo presento.
- Eso -se animó Ana-. Hace tiempo que no nos montamos una juerga las tres.
- Vale, nos llamamos esta semana y lo arreglamos -dijo Celeste.
- Vamos a arrasar, chicas, ya lo veréis...
Tras un rato más de charla, Sandra y Celeste acompañaron a Ana hasta su coche, un deportivo verde metalizado. Su dueña se apoyó en él y acarició la carrocería con las yemas de los dedos.
- ¿A qué es el coche más bonito que habéis visto en vuestra vida?
- Es precioso -dijo Celeste- quién pudiera tener un coche así.
- Llama la atención, de eso no hay duda -replicó Sandra.
- Ya veréis como ruge, nos lo llevaremos a nuestra pequeña fiesta nocturna de la semana que viene. ¡Uh! ¡Va a ser genial! -dijo Ana metiéndose en el coche. Llamadme y decidme como quedamos. ¡Hasta la vista!
Sandra y Celeste la despidieron con la mano y caminaron juntas hacia sus respectivas paradas del autobús.
- Así que me has dejado como único miembro de club de las solteras.
Sandra rió tímidamente.
- Tú porque no quieres, que si no caerían a tus pies.
- Mi problema es que cuando un chico me interesa, no puedo estar a gusto en su presencia y mucho menos hablarle. Me siento estúpida y pienso que no le va a interesar nada de lo que le cuente.
- ¿Y te crees que para mí ha sido fácil? Lo mío era terror a los hombres. David me está ayudando a superarme en todo. Tú eres una persona mucho más abierta que yo, verás como superas lo de Luis y encuentras a tu media naranja.
- Quizás sea la semana que viene -bromeó Celeste.
- Nunca se sabe...

Nota: Si quieres seguir la historia, busca las demás partes publicadas hasta el momento en los archivos de diciembre, febrero y marzo.

04 noviembre, 2005

La Pupila Azul (Parte 6 y última)

Pero no penséis que Celeste era una tirana, o que utilizaba su don para hacer el mal. No, el suyo era un juego inocente que no causaba daño a nadie. Cuando cambiaba las conductas lo hacía siempre para mejor, aunque algunas eran muy difíciles de cambiar y no podía mirar mucho tiempo a una persona, sin que alguien sospechara que pasaba algo raro. Más tarde, ya no necesitó mirar directamente, le bastaba con sentir la presencia de su objetivo. Su mente era como un gran ordenador, ella sólo tenía que pulsar las teclas.
Pero llegó el momento inevitable en que su poder se descontroló. Se le fue de las manos y casi no era dueña de sí misma. Parecía que la capacidad de su mente ya no tenía límites, y se sentía como poseída por una fuerza superior, que la dominaba. Era su mente. Se había convertido en víctima de su propio juego, y ahora era demasiado tarde para detenerlo, no podía parar. Cada noche, sin ella quererlo, leía las mentes de los dirigentes de los países, de los grandes científicos y escritores. Recogía toda la información, y la atraía con rapidez hasta su mente, donde quedaba grabada. Veía los datos a todas horas, pasaban más y más rápidos por su mente, noche tras noche. Era como si estuviera viendo una película interminable. A menudo, informaciones confidenciales pasaban, al trasladarse, por otras mentes, y quedaban registradas allí. Muchas veces, a causa de estos cruces de información, se producían guerras y enfrentamientos entre los países y los hombres. También se escribían algunos libros, cuyos autores decían haber tenido una revelación divina, o del “más allá”.
Esa noche, después de recopilar datos como de costumbre, sintió la necesidad de salir a respirar el aire fresco de la ciudad. Se sentía mal por lo que le estaba pasando, nunca debió haber llegado tan lejos, pero no lo había podido evitar. Algo en su interior la había empujado a utilizar su juego, a perfeccionarlo, pero...¿Qué?. Sentada en el banco, y con el bote de refresco en la mano, se preguntó, por primera vez en toda su vida, quién era ella. Absorta en estos pensamientos que parecían no tener respuesta, contempló de nuevo la noche. Algo había aparecido en el firmamento. De repente, una luz deslumbrante, de un color azul brillante, la cubrió por completo. Se elevó, enajenada, atravesando el haz de luz, que la transportó hacia la inmensa nave. Mientras subía, sintió un descanso y una paz que nunca antes había experimentado; luego, ya no sintió nada. Su mente se había detenido. La nave giró sobre sí misma, emitiendo un suave zumbido. Luego se alejó, dejando un rastro azulado.
En la oscuridad de la noche no quedó más que el cuerpo sin vida de una mujer, recostada en un banco de la plaza solitaria. Ya no había nada especial en ella. Los brazos caídos, las manos muy abiertas y sus ojos, antes con destellos de un azul brillante, estaban apagados, vacíos, muertos. El proyecto XZT 2953, creado para recoger muestras de la civilización terrestre, había sido todo un éxito.

31 octubre, 2005

La Pupila Azul (Parte 5)

Su poder iba aumentando. A los quince años fue capaz de dominar una mosca con su mente y hacer que volara hacia donde ella quisiera. Hacía tiempo que intentaba usar su habilidad con animales, pero siempre había sido en vano. Cada vez que fracasaba en su intento, se preguntaba el por qué, pero nunca hallaba una respuesta. Hasta que aquel día, en el comedor del orfanato, se le ocurrió preguntarse lo que pensaba esa mosca pequeñita, que no parecía tener otro propósito más que incordiar. La siguió pacientemente con la mirada e intentó comprender su comportamiento, su modo de vivir. La miraba fijamente, concentrada, y le pareció ver la habitación desde otra perspectiva, le pareció sentir el movimiento de las pequeñas alas. Era una sensación nueva y emocionante para ella, pero no dejó que la excitación la desconcentrase. La mosca se posó sobre la mesa y libó una diminuta gota de zumo de naranja, que había quedado allí después del agitado desayuno. Luego, se limpió finamente las patas delanteras, y alzó de nuevo el vuelo, en busca de más restos. Le quedaba poca vida, y ella lo sabía, así que debía alimentarse todo lo que pudiera y poner pronto sus huevos, para poder, finalmente, morir en paz. Celeste captó todo esto en una décima de segundo, justo cuando la mosca desaparecía de su vista. Pero eso no era problema. Sentía su presencia, así como la de otras muchas que tenía a su alrededor. Sin embargo, ahora las distinguía perfectamente. En ese momento, un destello azul brillante se reflejó en sus pupilas, y penetró fácilmente en la pequeña mente del insecto. Hizo que volara hasta su mesa, y se posara sobre un trozo de pan. “¡¡Plaf!!”, un diestro golpe de servilleta acabó con su experimento. Se quedó mirando a la mosca y sonrió, mientras oía la voz distante de sus compañeras de mesa: “Ni siquiera ha intentado escapar, debía estar atontada”. Sí, aún le faltaban reflejos, pero todo llegaría a su debido tiempo.
Su nueva experiencia le hizo dedicarse plenamente al estudio de los animales, y no practicaba con otra cosa. A la mosca siguieron todo tipo de insectos, luego los pájaros, los gatos, perros y demás especies. Podía modificar sus conductas a su antojo, y disfrutaba enormemente con su dominio. Era como si entrara en sus mentes a través de los ojos, y activara algún tipo de resortes, para hacer que el animal le obedeciera. Era fácil, sólo tenía que concentrarse.
Y no fue hasta los diecinueve años, cuando llegó a dominar la mente de un ser humano. Resultó bastante más complicado de lo que esperaba, pero en ningún momento lo consideró imposible. La mente humana poseía tal multitud de pensamientos, sensaciones, detalles y zonas desconocidas, que, al principio, se encontraba algo perdida dentro de ella, tratando de analizarlo y comprenderlo todo. En algunos animales ya había observado rasgos individuales, exclusivos de ese animal, pero el resto formaban parte del instinto de la especie. Esto hacía que, cuando Celeste conseguía adentrarse en la mente de un nuevo animal, ya era capaz de dominar a cualquiera de su misma especie. Pero en los humanos, la mayor parte de la mente estaba constituida por rasgos individuales, y tenía que analizar a cada persona por separado. A esta dificultad, se unía la de que los seres humanos poseían una especie de barrera protectora, que hacía más difícil el acceso a ellos. Había personas que tenían esta defensa mental bastante resistente, y otros a los que a penas les protegía. Pero Celeste consiguió evitarla con la práctica. Empezó con los niños, cuya mente aún no se había desarrollado por completo. Luego, siguió con los adultos. Después de dos años, su velocidad de comprensión había aumentado notablemente. Tardaba unos tres segundos y once décimas en dominar la mente de un ser humano. Era capaz de leer sus pensamientos, incluso de cambiarlos, mientras lo miraba a los ojos. Todos se quedaban quietos, parecían hipnotizados frente a aquellas pupilas de un azul brillante. No se daban cuenta de nada, no intentaban detenerla, todo era tan sencillo...

27 octubre, 2005

La Pupila Azul (Parte 4)

Fue a los trece años cuando finalmente la llevaron a un psiquiatra. Al final, su madre se había salido con la suya. Éste le hizo multitud de pruebas, y dijo que la niña no parecía tener ninguna enfermedad mental, pero que había algo extraño en ella y que quería observarla durante un tiempo. Él se mostraba cariñoso con ella, y le preguntaba por sus cosas, le proponía juegos intelectuales... Pero ella se negaba a contarle nada. Se limitaba a escuchar las preguntas, mirándole con ojos ausentes. Sin embargo, el doctor no se dio por vencido, ni tampoco hizo ver que le enfadara el comportamiento de la niña. Sí, hacía realmente bien su trabajo. Y así, poco a poco, al cabo de muchas sesiones a solas con el doctor, la niña fue abriéndose y empezó a confiar en él. Llegó a considerarlo su amigo, el único amigo humano que había tenido nunca. Era tan amable, tan comprensivo... que, un día, decidió mostrarle su capacidad de mover las cosas. Trasladó un vaso lentamente desde la mesa del doctor hasta su mano, y viceversa. El hombre abrió los ojos como si se le fueran a salir de las órbitas, y se levantó de su asiento, temblando. Balbuceó que volvía enseguida, y salió apresuradamente de la habitación. Su único amigo le había fallado, le tenía miedo. Poco después, ese hombre en el que ella llegó a confiar la separó de sus padres. Les dijo que su hija estaba loca y que era mejor que permaneciera en un psiquiátrico. Ella no quería irse, pero sus padres dijeron que era por su bien. Recordaba su despedida con un beso, a la puerta de la consulta del doctor. Y entre sus lágrimas, oyó la voz de su madre: “Pronto volverás a casa, cuando te pongas buena”. Esa fue la última vez que la vio.
No fue a un sanatorio donde la llevaron, porque lo que quería hacer el doctor era investigarla, experimentar con su poder. Aquello era un gran laboratorio lleno de animales extraños y seres que difícilmente se podrían clasificar como animales. Allí todos la trataban como si fuera un objeto exótico que acabaran de descubrir, y no dejaban de observar su comportamiento. La observaban, todo el mundo la observaba. Su madre, el doctor, los investigadores... ¿No podían entender que ella quería estar sola?
No tardó mucho en escaparse de aquel lugar. Abrió fácilmente las puertas de seguridad, los códigos de números no eran ningún secreto para ella. Y cuando al fin salió de allí, juró que no volvería a enseñar su juego a nadie. Nunca volvió a casa. Siempre había sospechado que sus padres no la querían, y ahora que la habían abandonado, se dijo que sus sospechas eran ciertas. La acogieron en un orfanato y cuando fue mayor de edad, subsistió trabajando de sirvienta en algunas casas de la alta aristocracia. Pero esto no importa demasiado.

24 octubre, 2005

La Pupila Azul (Parte 3)

Esa fue la razón de que saliera aquella tarde, meciendo a su muñeca mientras le murmuraba una melodía suave. Se detuvo de repente. Los chicos del barrio estaban frente a ella, mirándola. Uno de ellos dijo algo, no recordaba bien qué, y todos se pusieron a reír. Se estaban burlando de ella, como siempre. Le llamaban “la muda” o “la subnormal”. A esas bromas siguieron muchas otras, hasta que uno de ellos señaló la muñeca que ella tenía en los brazos. El más alto se acercó, y ella, adivinando sus intenciones, se aferró a su amiguita de trapo desesperadamente, mientras él intentaba arrebatársela. El forcejeo no le sirvió de nada, y el muchacho se hizo con el preciado juguete. Los chicos se alejaban pasándose la muñeca unos a otros, y ella les siguió, pidiéndoles que se la devolvieran, casi al borde de las lágrimas. Un coche se acercaba a gran velocidad, y uno de los muchachos arrojó la muñeca en medio de la carretera. La niña se dio cuenta de que, por mucho que corriera, no llegaría a tiempo. Así que paró en seco y se puso a llorar, mientras los chicos la zarandeaban. Era su amiga, su única amiga, y estaba a punto de ser destruida. El vehículo estaba a escasos metros de la muñeca cuando ella alargó sus bracitos y lanzó un grito desesperado: “¡Nooo!”, al mismo tiempo que un destello azul brillante se reflejó en sus pupilas. La muñeca se trasladó rápidamente a los brazos de la niña, como atraída por un imán poderoso, y los bromistas escaparon aterrorizados, diciendo que era un monstruo.
Le costó entender lo que había ocurrido realmente, y durante un tiempo no logró repetirlo. Pero al final averiguó que podía hacerlo de nuevo si pensaba en el incidente. Sólo tenía que volver a sentirse como se sintió en aquel momento, lo que le resultó algo difícil al principio. Después, ya no necesitó sentirlo, sólo recordar lo ocurrido. Y al cabo de un tiempo, consiguió hacerlo sólo con desear que su muñeca se moviera. Siempre con su querida muñeca. Pero si podía moverla a ella, por qué no lo demás. Se dio cuenta de que conocía la naturaleza de las cosas. Cuando las miraba sabía todo acerca de ellas, las comprendía y se identificaba con ellas. Por eso era capaz de dominarlas con su mente. Empezó con objetos pequeños, de poco peso. Pero observó que no le costaba más mover una cosa porque pesara más. La fuerza de la mente no tiene que ver nada con la del cuerpo, y eso ella lo aprendió enseguida.
Le gustaba mover los muebles de su casa, o simplemente, hacer que flotaran durante unos segundos. Claro que, no podía practicar muy a menudo, porque su madre estaba casi siempre en casa. Pero cuando salía o se iba a hacer las tareas domésticas, ella se dedicaba a perfeccionar su técnica. Ya ponía los objetos exactamente donde quería y controlaba la velocidad. El poder de su mente iba aumentando con la edad y la práctica.

19 octubre, 2005

La Pupila Azul (Parte 2)

Se incorporó y miró a su alrededor, tenía sed. En una esquina de la plaza había una máquina de bebidas. Perfecto. No tenía dinero, pero eso no era problema. Sólo debía asegurarse de que no había nadie en la calle que pudiera verla. Sonriendo, alzó su mano derecha y se concentró. Se levantó una suave brisa que hizo que sus cabellos negros se balancearan en la oscuridad. Sus ojos parpadearon dos o tres veces violentamente, y un destello azul brillante se reflejó en sus pupilas durante un momento; luego, desapareció. “¡Plic!”, algo metálico había golpeado en su mano. Abrió el bote de refresco y bebió con ansia.
No lograba recordar cuando fue la primera vez que movió algo con la mente. Quizás tuviera cinco o seis años. Sin embargo recordaba perfectamente cómo ocurrió. No, no le gustaba pensar en ello. Aquel día... Sí, fue aquel día de otoño, al atardecer. Recordaba que el sol ya estaba desapareciendo en el horizonte de la pequeña ciudad, cuando ella salió a la calle; y que soplaba un viento desapacible, moviendo las hojas secas que se esparcían sobre la acera. Sus padres no se habían enterado de que se había ido, de lo contrario, no la hubieran dejado. La vigilaban casi constantemente, creyendo que ella no se daba cuenta. Pero le gustaba estar sola, y aprovechaba cualquier oportunidad para escaparse de su vista. Sus padres se habían distanciado de ella hacía tiempo. Quizás era porque no sabían tratarla. Ellos habrían querido tener una niña normal, con la que pudieran jugar a cosas estúpidas, y a la que pudieran contar cuentos increíbles sobre papá Noel y Caperucita Roja. Pero no había sido así. Celeste era una niña reservada y distante, y su madre dijo un día que quizás fuera autista. Había leído en una revista que los autistas solían ser muy inteligentes, pero distantes de la realidad. Desde entonces, si hablaba con ella, lo hacía repitiéndole las cosas muy despacio, como si ella no pudiera comprender de otra manera. La niña la miraba de manera inexpresiva, sin entender su extraño comportamiento. Su padre siempre estaba trabajando, y cuando llegaba a casa no tenía tiempo para ella. Siempre le daba un beso de buenas noches, y le acariciaba la cabeza como si se tratara de un animalillo indefenso. Una noche les oyó discutir. Su madre hablaba de llevarla a un “especialista”, mientras que su padre decía que aún era muy pequeña para eso, que ya cambiaría con la edad. La riña acabó de repente. Sus discusiones siempre terminaban igual, nunca solucionaban nada. Pero su madre no descartaba la enfermedad, y la observaba en todo momento, como esperando que hiciera algo propio de una demente, y ella misma se delatara. A veces no podía soportar su mirada inquisitiva, y al menor descuido desaparecía de su vista.

17 octubre, 2005

La Pupila Azul (Parte 1)

Se sentó en el banco de la plaza solitaria y dejó caer la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos para intentar relajarse, pero las imágenes seguían estando allí. Llenaban su cabeza y no le dejaban pensar con claridad. Se sentía como en una nebulosa, como en un sueño del que no podía despertar. Con los ojos aún cerrados, contempló el cielo nocturno con su mente. Contó las estrellas en unos pocos segundos, y descubrió que había una nueva. Debía haber aparecido hacía pocas noches, ya que no se había dado cuenta antes de su presencia. Buscó un nombre apropiado para aquel diminuto punto de luz. Sí, Celeste 49881 era perfecto para ella. Aunque había otras 49880 con ese nombre, nunca se cansaba de él. Además, era imposible poner un nombre distinto a cada estrella. Sonrió. Contar estrellas la tranquilizaba enormemente. Llevaba practicando este ejercicio desde que era muy niña. Todas las noches, antes de acostarse, se arrodillaba junto a la ventana de su habitación y contaba los miles, los millones, los millones de billones de estrellas que era capaz de abarcar con su mente. Era un juego divertido y estimulante, que la ayudaba a conciliar el sueño. Seguramente, pensaréis que éste no es un juego muy común entre los niños, y quizás tengáis razón. Pero es que Celeste nunca fue una niña común.
No es que fuera un bicho raro, sólo una niña diferente. Su madre supo que era especial desde el mismo momento de su nacimiento, una noche de invierno en la que cayó una preciosa lluvia de estrellas. En el colegio, se dieron cuenta enseguida de que era más inteligente de lo normal. No tenía amigos, ni siquiera entre niños de su misma capacidad intelectual. Prefería estar sola, con su querida muñeca de trapo, porque los otros niños eran aburridos y no sabían divertirse como ella. Sólo hablaba con su muñeca, era la única que la comprendía realmente. No podía jugar con ella, porque era una cosa, y las cosas no se mueven, ni piensan, y casi no sienten. Pero saben aceptar a los demás seres tal como son, y se entregan totalmente a su voluntad. Celeste aprendió, poco a poco, a comprender a las cosas. Aprendió que si las tratas bien, es decir, si las cuidas y las usas a menudo, son muy agradecidas. Puedes confiar en que estarán allí, preparadas, cuando las necesites. Pero si las dejas olvidadas en un rincón, puede pasar que, cuando vayas a buscarlas, no las veas, aunque estés seguro de que las dejaste allí. O se estropean, o se rompen, o cambian de dueño. Sí, Celeste empezó a comprender a las cosas, y sólo cuando llegas a comprender realmente algo, eres capaz de dominarlo...

(Si quieres seguir la historia encontrarás las otras partes en los "Archivos" de octubre y noviembre de 2005)

11 octubre, 2005

Epidemia de Amor

Esta "disertación científica" sobre el amor la escribí hace ya unos cuantos años. Sigo pensando que el fenómeno del enamoramiento tiene muchas similitudes con un virus, y si no me creeis, leed y opinad.

Epidemia de Amor

El amor es una enfermedad muy común entre la raza humana. Se ha comprobado que el 99% de la población mundial la está padeciendo o la ha padecido en algún momento, y que afecta igualmente a hombres y mujeres.
Se sabe que antes de producirse, ha existido un contacto visual, auditivo, y en algunos casos táctil, con una persona del sexo contrario (preferentemente). Los primeros síntomas aparecen inmediatamente después. Primero, se experimenta un sobresalto y el corazón comienza a latir ligeramente más de prisa. Con estas sensaciones, se puede estar casi seguro de que la enfermedad ya se está desarrollando.
En la segunda fase o de incubación, el individuo se muestra inquieto y apenas habla. Se queda pensativo a la menor ocasión y suspira sin razón aparente de cansancio. No puede sacarse de la cabeza esa imagen, esa voz que le hizo sentirse desconcertado. La propia enfermedad impide que el individuo busque una explicación a este comportamiento, y hace que no se de cuenta de lo que le está pasando.
Después de esta fase, llega la definitiva, que comienza con el segundo contacto. En ese momento se muestran abiertamente todos los síntomas, con más o menos intensidad según la duración del encuentro, y ya se puede calificar al sujeto de “enamorado” (Así se denomina al que padece esta extraña enfermedad). Cuando se produce este segundo contacto, se siente de nuevo un sobresalto. El corazón va aumentando la velocidad de sus latidos hasta llegar al máximo, obligando al enamorado a respirar casi de manera entrecortada. Un agradable calor sube desde el estómago y se detiene en la cabeza. Las sienes laten violentamente, y desde el exterior se puede observar como las mejillas adquieren un peculiar color encarnado. Los escalofríos se suceden, atravesando la espina dorsal, y el sudor enfría las manos, que tiemblan ligeramente. Una alegría interna surge al exterior durante todo el encuentro, y permanece patente hasta unos minutos después, cuando el enamorado vuelve, poco a poco, a la normalidad. Entonces se incuba de nuevo la enfermedad hasta el siguiente contacto.
Cuando se padece amor, se sienten grandes deseos de estar con el ser “amado” (Así se denomina al que provoca esta extraña enfermedad). A menudo, dos seres pueden provocarse mutuamente amor. En este caso, los efectos son explosivos y hacen que los “enamorados” permanezcan siempre juntos, hasta que finalice la enfermedad. La duración es imprevisible, llegando a prolongarse, en muchos casos, toda la vida.
Otro caso diagnosticado, muy común, es la existencia de dos “enamorados” de un mismo “amado”. Cuando esto ocurre, las consecuencias pueden ser desastrosas, ya que la enfermedad hace que el “enamorado” esté dispuesto a todo con tal de conseguir a su “amado”, llegando a matar en algunas ocasiones.
Librarse de esta enfermedad es bastante difícil. Se puede ocultar, pero causa gran sufrimiento e impotencia. La única cura posible consiste en intentar olvidar al ser “amado”, lo que puede tener efectos secundarios tales como gran tristeza, desesperación, deseos de suicidio o pérdida de la razón. Después de un tiempo prudencial, si se ha logrado superar el tratamiento, estos efectos desaparecen, y el individuo vuelve a ser el mismo de antes. Pero entonces ha de tener mucho cuidado, pues el amor puede aparecer de nuevo al tener otro contacto con la persona que lo provocó. Si esto no ocurre, puede considerarse fuera de peligro.
Cuando se ha padecido amor, uno no queda inmunizado, sino que puede padecerlo de nuevo a causa de otro ser, o del mismo, repetidas veces.
Esta extraña y a menudo terrible enfermedad podría ser contagiosa. Hoy en día afecta a la gente cuando menos se la espera, y se ha extendido por todo el mundo provocando matrimonios, divorcios, asesinatos, nacimiento de niños, suicidios y locura. Así que tenga mucho cuidado, porque está ahí, y le puede atrapar en cualquier momento.

¡Sálvese quien pueda! ¡Epidemia de amor!

20 julio, 2005

Destino

5. Destino


PERDÓNAME

Perdóname, cariño
todo lo que has sufrido.
Todo lo he sentido,
todo lo he sentido...

Perdóname, amor mío,
todo lo que te he dicho.
Todo lo he vivido,
todo lo he vivido...

Es que yo no sabía
en realidad que sentía.
Es que yo no sabía
en realidad qué decía.

Ahora ya sé que te quiero,
como nunca había querido.
Ahora sé lo que deseo...
toda una vida contigo.


ERES TÚ

Eres tú. Lo sé.
Eres brisa de mañana,
eres luna enlunizada,
eres nube en tempestad.

Eres tú. Lo sé.
Eres tierno enmascarado,
eres sueño realizado,
eres dulce despertar.

Eres tú. Lo sé.
Eres sangre derramada,
eres alma desgarrada,
eres dolor y ansiedad.

Eres tú. Lo sé.
Eres palabra trabada,
eres mirada encontrada,
eres risa celestial.

Eres tú. Lo sé.
Eres susurro apagado,
eres beso apasionado,
eres caricia sin fin.

Eres tú. Lo sé.
Eres todo lo que quiero,
eres cuanto yo deseo,
eres toda mi razón.

Eres vida de mi vida,
eres pura poesía,
eres tú, mi amor.


CUANDO TE MIRO

Cuando te miro, amor mío,
Siento paz en mi interior,
como si una inmensa calma
acallara mi clamor.

Cuando te miro a los ojos,
esos ojos de cristal,
la mirada se me pierde
en la calma de tu mar.

Son tus ojos amorosos
una fuente para mí,
pues sólo amor verdadero
podría mirar así.

¿Cómo resistirse a esos ojos
llenos de amor y ternura?
¿Cómo perderlos un día
sin hundirse en la locura?

Nunca cierres esos ojos
de diamantes y coral,
no los alejes ni un poco,
de mi mundo de pesar.

Pues los míos morirían
sin el brillo de los tuyos,
y mi alma lloraría
Al saber que no son suyos.

Quiero para mí esos ojos
que me dicen que me quieren,
pues no hay nada más precioso
que el amor cuando se tiene.

Yo lo tengo en esos ojos,
de los que un ángel es dueño,
y me los presta gozoso,
sumergiéndome en un sueño.

Y no quiero despertar,
del hechizo de este mago.
seré el hada del cantar
y tú el príncipe encantado.

Cuando te miro, sonrío,
y eso es lo que necesito.
Se que siempre te he querido,
pues siento amor cuando te
[miro.


TANTAS COSAS

Vuelvo la vista atrás
y no puedo comprender
cómo hemos llegados aquí,
cómo pudo suceder.

Recuerdo cómo jugamos
a escondernos sin querer.
Recuerdo que peleamos
por muchas cosas de ayer.

Una caricia y un beso,
y una amargura después.
Una lágrima, un deseo,
y de nuevo otro traspiés.

Tantas piedras que arrojamos
a nuestra propia pared,
tantos miedos que atacaron
y aquí estamos aún en pie.

Tantas piezas por juntar
en nuestro puzzle de amor,
tantas cosas por curar
en nuestro mundo interior.

Tantos días por pasar,
tantas cosas por sufrir,
tantas ganas de soñar,
tanta vida por vivir.

Quiero seguir el camino,
que nos lleva por la vida.
Quiero seguirlo a tu lado,
de tu mano, bien cogida.

Quiero que me quieras tanto,
como yo te quiero a ti.
Yo quiero amarte por siempre,
yo quiero hacerte feliz.

Sueño

4. Sueño

MAYBE LOVE

If we were in another place,
if we were in a different time,
if we were outside this circle,
if we lived another life.

If I wasn’t who I am,
and you weren’t who you are.

Then... it would all be possible
But... too many ifs for us


SUEÑO, SÓLO SUEÑO

Por qué no puedo olvidarte,
me pregunto sin cesar.
Por qué no olvido tus ojos,
que me queman si me miran
y me encienden y provocan
lo más oscuro de mí.

Por qué no puedo mentirme
y seguir soñando sola
que te tengo entre mis brazos,
que me besas, que me tocas.

Tengo sed, sed de tu boca.
Esa boca que no debo,
que yo no puedo besar.
Pues tu boca es un pecado,
es un pecado mortal
y besarla significa
no mirar nunca hacia atrás.

Este mar de sentimientos
de aguas puras y claras,
se me enturbia cuando ríes,
si me miras, cuando callas.

Y las olas se embravecen
y mi alma a la deriva
sigue la sombra caliente
que dejas tras tu sonrisa.

Mas te alejas poco a poco
cada vez más deseable,
y te vas uniendo a otra,
tú, mi sueño inalcanzable.

Ya no hay consuelo a mi pena,
te perderé para siempre.
Aunque mis manos te sueñan,
sueñan tocarte y hacerte,
toda clase de caricias
en tu cuerpo oscuro, ardiente.

Que me has dado que me
[tienes
a merced de tu mirada,
a merced de tu sonrisa,
a merced de tus palabras.

Eres dueño de mi alma,
de mi mente y de mi cuerpo,
sólo tuya una palabra
para encenderme por dentro.

Si tú mandas, yo obedezco,
si eres cruel, yo te perdono,
si te marchas, yo enmudezco,
si me miras, yo te adoro.

Sólo sueño con tenerte
en mis brazos, en mi cuerpo,
y abrazarte y ofrecerte,
todo lo que llevo dentro.

Pero sé que no es posible
y que debo conformarme,
con soñarte lo indecible,
con intentar olvidarte.


SÓLO UNA MIRADA

Solamente una mirada
de tus ojos traicioneros
truncaría mi destino,
calmaría mi tormento.

Lentamente, sin saberlo,
tu mirada me envenena,
me va calando por dentro,
se me ha enredado en las
[venas.

Sólo una de tus miradas,
una ráfaga de luna,
noche eterna apasionada
y en tus ojos, mi locura.

Solamente una mirada,
reflejarme en tus pupilas,
tus ojos de jade negro,
reflejadas en las mías.

Solamente una mirada,
frente a frente, fuego a fuego,
dos haces de luz dorada
y al fin sabrás lo que siento.

Sólo eso te hace falta
para rendirme a tus pies.
Sólo eso, una mirada,
para dejarme caer.

Eso sólo necesitas
para quemarme por dentro.
Sólo eso bastaría
para entregarte mi aliento.

Solamente una mirada
para hacerme volar,
solamente una mirada
para hacerme soñar.

Solamente una mirada
para hacerme callar,
solamente una mirada
para hacerme llorar.

Tus ojos son poderosos
en mi mundo de cristal,
pueden ellos por sí solos
trastocar mi voluntad.

Por eso te pido, vida,
que me prestes tu mirar,
y me digas con los ojos
lo que yo quiero escuchar.

Que te mueres por mis besos,
como muero yo por ti,
que tus ojos tienen dueño,
que suspiran aún por mí.

Que tu amor me pertenece,
que suspiras por mi boca,
que me amas, que me quieres,
que no soy ninguna loca

Por sentir como me siento,
por desearte sin remedio,
por sentirte hasta en los huesos,
por quererte, sólo eso.

Solamente una mirada
podrá dar contestación.
Mírame, aquí esperanzada
y mátame el corazón.

Mírame, mírame y dime
lo que sé que me dirás.
Dilo y luego márchate.
Déjame con mi pesar.

Y luego sigue de frente,
no vuelvas la vista atrás.
Sólo así podré olvidarte,
olvidarte sin pensar.

Mas mi amor se quedará,
refugiado aquí en mi alma
y en silencio aguardará
solamente una mirada...


TE VAS

Como recuerdo perdido
que ya no puedo encontrar,
Como tesoro escondido
que está enterrado en el mar.
Igual que el río que mana,
igual que el agua, te vas.

Como la sombra cautiva
que lucha por respirar,
Como la mano tendida
que busca en la oscuridad.
Igual que la rosa en agua,
Hoy me vuelvo a marchitar.

Soñarte fue tan bonito,
que me cuesta despertar.
Ahora me toca perderte,
porque te marchas. Te vas.

Me quedo sin tu sonrisa,
sin tus ojos, sin tu voz.
Se ha llevado tus caricias,
mis deseos, mi ilusión.

Me ha quitado los silencios,
y tus gestos y tu olor
Me ha robado mis anhelos
Y mi dicha, mi canción.

Igual que la primavera,
igual que una tempestad.
Tras enamorarme entera,
ahora que tiemblo, te vas.

Igual que la luna en celo,
cual aurora boreal.
Ahora que sin ti muero,
ahora que vivo, te vas.

Igual que sangre en la herida,
cual fluyente manantial,
Se me desangra la vida,
porque te marchas... Te vas.

Encuentro

3. Encuentro


PALABRAS DE AMOR

Las de amor no son palabras,
no se dicen con la voz.
Palabras de amor son suspiros,
que salen del corazón.

Quedan flotando en el aire,
susurrando como el viento,
y no las escucha nadie,
no son más que puro aliento.

Se agitan en remolino
cuando no lo pueden ser,
se amontonan en el pecho
y te duelen sin querer.

Las de amor no son palabras,
no se dicen con la boca.
Palabras de amor son ternura,
son pasión que se desboca.

Se disfrazan de poesía,
para mostrar su color,
o de alguna melodía
para llegar a tu amor.

Las de amor no son palabras,
no se escuchan, no lo son.
Palabras de amor son los [sueños
en que te sueño ahora yo.

Te las digo allí despacio,
porque despierta aún no puedo,
por ese frío del miedo
que se me clava por dentro.

Quiero buscarte en la brisa
de rosa aterciopelada,
y con tu mano en la mía
confesarme enamorada.

Y provocar tu sonrisa
y recrearme en tus ojos
y besarte las mejillas
y quererte a lo loco.

Y bailar contigo a solas
una tierna canción.
y susurrarte al oído
palabras de amor.


TÚ Y YO

Tú la brisa mañanera
que susurra al despertar,
yo la noche compañera,
que te invita a descansar.

Tú la tierra verdadera,
llena de hierba y romero,
y yo el cielo que se llena
de viejos sueños y miedos.

Tú el sol acaramelado
que calienta el corazón,
yo la luna enlunizada
que suspira sin razón.

Tú rosa aterciopelada
que despierta admiración,
yo la espina que se clava
y que causa precaución.

Tú la calma desmedida
regida por la razón,
y yo el viento huracanado,
torbellino de dolor.

Tú, lluvia de primavera,
yo un oscuro temporal,
tú una gota de pureza
y yo una gota de sal.

Dos estrellas que se funden
para tener mayor brillo,
dos corrientes que se unen
para formar un gran río.

Dos mitades que se juntan
y constituyen un todo,
dos viajeros que confluyen
y andan del mismo modo.

Dos mares que se aproximan
juntándose en una ola,
dos llamas que se acarician,
para formar una sola.

Dos almas que se han fundido
compartiendo un corazón,
dos personas que se quieren,
esos somos tú y yo.

SIN TÍTULO

Porque le corazón no llega
donde la mirada alcanza,
y no hay nueva primavera
que me pueda devolver
lo que el invierno tapa.

TE BUSCARÉ

Te buscaré,
entre la bruma,
entre las sombras,
de aquel ayer.

Te buscaré,
donde al principio,
tan solitaria,
te encontré.

Te buscaré
donde rendida
y por ti herida,
te dejé.

Allí de nuevo,
como aquel día,
te encontraré.

SIN TI

Sin ti no canta la alondra
en el dulce amanecer.
Sin ti no existe la sombra
en el rojo anochecer.

Sin ti no hay nubes, ni cielo
que me cambien de color.
Sin ti el sol se hace hielo
y la luna de dolor.

Sin ti triste primavera,
triste pradera sin flor.
Sin ti, seca la ribera,
hierba verde sin su olor.

Sin ti la noche se posa
en mi oscura habitación.
Sin ti una daga me hiere
el centro del corazón.

Sin ti no existe armonía,
no puedo sentir.
Sin ti no tengo alegría,
ni ganas de vivir.

Sin ti soy niño sin juego,
soy soldado en rendición.
Sin ti soy llama sin fuego,
soy pecado sin perdón.

Sin ti no soy más que polvo
olvidado en un rincón.
Sin ti, ahora piedra, antes oro,
que ha perdido su valor.

Sin ti camino sin rumbo,
soy tumulto de pesar.
Sin ti soy llanto profundo
que se queja sin cesar.

Sin ti la Tierra agoniza
sedienta de un dios.
Sin ti, la noche eterniza,
mis días sin sol.

Sin ti, el tiempo se para.
Sin ti, sin ti...
Sin ti, mi vida se apaga.
Sin ti, sin ti...

Sin ti, el viento no vuela.
Sin ti, sin ti...
Sin ti, mi alma se quema.
Sin ti, sin ti...

Sin ti mi mundo se acaba,
de tan terrible dolor.
Sin ti yo no soy nada,
Sin ti muero, mi amor.


PORQUE TE QUIERO

Porque te quiero despierto
cada mañana de invierno
y le sonrío al espejo
sin gustarme su reflejo.

Porque te quiero amanezco
de mi más oscuro sueño.
Amanecer en mi mente,
amanecer en mi cuerpo.

Porque te quiero disfruto,
de cada rato contigo,
cada abrazo, cada beso
que ambos juntos
[compartimos.

Porque te quiero, me gusta
escuchar tus pensamientos,
compartir tus sentimientos
y sentir tu corazón.

Porque te quiero te miro
cuando ríes, cuando callas,
con mirada enamorada,
con alegre sinrazón.

Porque te quiero me lleno
con el tacto de tus manos,
con el negro de tu pelo,
la suavidad de tus labios.

Porque te quiero mi alma,
tan hambrienta de consuelo,
se alimenta de la tuya,
necesita de su aliento.

Porque te quiero me siento,
cada día más feliz,
cada día más amada,
desde que estoy junto a ti.

Porque te quiero te veo
como un ángel de papel,
porque te quiero te siento
allá dentro de mi ser.

Porque te quiero respiro,
vivo, río, canto, sueño.
Porque te quiero, amor mío,
todo es porque te quiero.


PENSANDO EN TI

Pienso en ti
y aún es de noche.
Pienso en ti
y aún es de día.
El tiempo pasa sin prisa
y no puedo respirar.

Pienso en ti,
¿no te das cuenta?
Tu mirada está en mi mente,
como neurona de amor,
que no se apaga ni muere.

Pienso en ti, te necesito,
¿Por qué huyes sin querer?
Un susurro, una mirada,
pero te alejas después.

Será que no tienes ganas
de oír la misma canción,
será que ahora que me has
[visto
no te gusta cómo soy.

Parece que te haces grande
a mis ojos, yo pequeña.
Tú mejoras, yo decrezco,
tú no lloras, yo enmudezco.

Porque a tu lado soy ave
que vuela sin preguntar
cuál es el rumbo que lleva
y hasta dónde llegará.

Pero sin ti soy paloma
sin mensaje, ni razón
para seguir con su vuelo
en el mundo del amor.

Cuando no estás la tristeza
me invade y me hace pensar
en mi pasado pesado
que me sigue sin cesar.

Pienso en ti
si no te veo,
si te veo
soy feliz.

Pero ahora tú no estás
y no te puedo mirar,
y no me clavas los ojos
y no me puedes besar.

Vuelve pronto, vida mía,
que te espero, que te espero,
con el alma entre las manos
y el amor entre los dedos.


TU POESÍA

Porque mi tiempo no es tiempo
si no te tengo a mi lado,
porque mis manos se secan
si no sienten tu tacto.
Porque son noches mis días,
te escribo esta poesía.

Porque los árboles lloran
oscuras hojas del cielo,
porque mi mente no aguanta
la soledad de este encierro.
Porque yo ya lo sabía,
te escribo esta poesía.

Porque estar sola me lleva
a pensamientos secretos,
que con sus reptiles garras
se me retuercen por dentro.
Porque tú curas mi espina,
te escribo esta poesía.

Porque cuando tú te fuiste
se desafinó mi canto,
porque si no vuelves pronto
se me convertirá en llanto.
Porque eres mi alegría,
te escribo esta poesía.

Porque todavía tengo
el recuerdo de tu gesto,
porque todavía siento
la dulzura de tus besos.
Porque tú enciendes mi risa,
te escribo esta poesía.

Porque mis ojos cansados necesitan de tu aliento,
porque mis manos desnudas
necesitan tu consuelo.
Porque alimentas mis días,
te escribo esta poesía.

Porque contigo soy libre,
soy paloma, soy canción.
Porque te llevo conmigo
a donde quiera que voy.

Porque tú, mar de esperanza,
me has robado el corazón.
Porque te quiero, mi vida,
te he escrito está poesía.


TE AÑORO

Te añoro…
Y en la distancia
sueña mi alma
volverte a ver.

Te necesito…
Como un pájaro el cielo,
como una mañana el sol,
como una brisa tu pelo,
como un niño una canción.

Dolor

2. Dolor

ALÉJATE DE MÍ

¡Aléjate de mí!
Oh, ángel del infierno,
ten piedad de mí
y arrebátame el sufrimiento.

Arráncame el sentimiento
que me provoca su amor,
aunque en el brutal intento
me arranques el corazón.

Que a cada latido llora
la sangre sobre mis venas.
lágrimas que rememoran
y que reavivan mis penas.

Me está matando este amor
y sin darme a cambio nada,
pues por uno de sus besos
moriría yo encantada.

Quisiera huir de ti
y de él, del mundo entero.
Más no es posible partir...
¡Dios mío cuánto le quiero!

Si supieras lo que siento,
si sintieras lo que sufro,
si sufrieras lo que tengo,
si tuvieras lo que busco...

A borbotones las letras
salen de mi alma herida,
se deslizan lentas, lentas,
al blancor que nunca olvida.

¡Aléjate ya de aquí!
De mi mente, de mis sueños,
deja que duerma al fin
la esperanza de tenerlo.

O sumérgeme en un mar
donde no exista el recuerdo,
donde no exista el dolor,
donde no exista mi dueño.


COMO LAS OLAS

Como las olas de espuma
sobre la playa de sal,
que acarician, sigilosas
y susurran sin parar.

Como los vientos que brotan
del oscuro temporal
y con fervor se desbocan
y las hacen sollozar.

Como la lluvia incipiente
que las aviva y aumenta,
mil y una lágrimas vierte
y con dolor las alimenta.

Oye como gritan, oye,
óyelas chillar de pena,
quieren volver a su playa
y acariciarla de arena.

Y así gimen y se quejan,
allá en la playa de sal.
y así rugen sin respuesta
en horizontes de cal.

Donde ni un mísero barco
se aventura a navegar,
solas, sin más compañía
que mi corazón de mar.


SIN LÁGRIMAS

Donde irán esas lágrimas
derramadas por amor.
Dónde irán tan deprisa,
vivas marcas del dolor,
que al pasar por mis mejillas
dejan amargo sabor.

Salado cuando en mi boca
se posan a descansar,
y dulces cuando se pierden
y no sé ya dónde van.

Y así al marcharse se llevan
un trozo de sufrimiento,
y me quedo cara a cara
con un mar de sentimientos.

Cuando brotan soy consciente
de lo que ocurre en verdad.
Cuando brotan me doy cuenta
de que aún siento soledad.

Hace tiempo que no vienen
a aliviarme con su canto.
Hace tiempo que no vienen
a escuchar mi triste llanto.

Pero sangro todavía
y la herida me la trago,
aunque no la aguanto dentro,
sin que salga ni un pedazo.

Será que no quieren verme
hartas ya de mi canción
y aunque no lloran mis ojos,
lo hace herido el corazón.

Será que se me han secado
del continuo sollozar,
y que no me quedan lágrimas
con las que poder llorar.

Amor de papel y preludio

Amor de papel es una recopilación de poemas de amor que llevo escribiendo desde mi adolescencia y que reflejan mi clara y obsesiva inclinación por el amor platónico y los diferentes estados anímicos por los que han pasado mis enamoramientos. Como si introdujera todos los poemas en un único post sería larguísimo, los he clasificado por fases. En total hay cinco:

1. Preludio
2. Dolor
3. Encuentro
4. Sueño
5. Destino

Espero que os gusten. Vamos con el preludio. No es un poema, pero es el punto de partida de mi aventuras amorosas.

1. Preludio

EL CAMPANAR

El campanar mira triste como el atardecer va desapareciendo tras las lejanas montañas. Contempla ese color rosáceo y las nubes de algodón, que se elevan como palomas en busca de refugio. Observa toda esta belleza... pero el campanar llora.

El campanar oscurece, como el mundo, y sus lágrimas son invisibles, pero tan reales... Sus campanas repican melancólicas. Sus paredes frías esconden su tierno corazón, que repica a su vez.

El campanar se siente solo allí, plantado. Solo, contemplando como todo se mueve a su alrededor; como todo ser busca la felicidad y la encuentra. Las palomas vuelan en grupos y de dos en dos. Encuentra pareja el palomo con su canto y pavoneo. Encuentra el chico a su chica abriendo su corazón.

Pero el campanar no puede buscar, no puede encontrar. Él sólo puede mirar, mirar y envidiar. Impotente ante el mundo, que le hiere. Impotente ante el amor, que llama a su puerta. Impotente ante él mismo, que lucha por liberarse...

El campanar mira triste la belleza del atardecer, y sueña con llegar un día hasta el lejano horizonte para fundirse con él...