Se sentó en el banco de la plaza solitaria y dejó caer la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos para intentar relajarse, pero las imágenes seguían estando allí. Llenaban su cabeza y no le dejaban pensar con claridad. Se sentía como en una nebulosa, como en un sueño del que no podía despertar. Con los ojos aún cerrados, contempló el cielo nocturno con su mente. Contó las estrellas en unos pocos segundos, y descubrió que había una nueva. Debía haber aparecido hacía pocas noches, ya que no se había dado cuenta antes de su presencia. Buscó un nombre apropiado para aquel diminuto punto de luz. Sí, Celeste 49881 era perfecto para ella. Aunque había otras 49880 con ese nombre, nunca se cansaba de él. Además, era imposible poner un nombre distinto a cada estrella. Sonrió. Contar estrellas la tranquilizaba enormemente. Llevaba practicando este ejercicio desde que era muy niña. Todas las noches, antes de acostarse, se arrodillaba junto a la ventana de su habitación y contaba los miles, los millones, los millones de billones de estrellas que era capaz de abarcar con su mente. Era un juego divertido y estimulante, que la ayudaba a conciliar el sueño. Seguramente, pensaréis que éste no es un juego muy común entre los niños, y quizás tengáis razón. Pero es que Celeste nunca fue una niña común.No es que fuera un bicho raro, sólo una niña diferente. Su madre supo que era especial desde el mismo momento de su nacimiento, una noche de invierno en la que cayó una preciosa lluvia de estrellas. En el colegio, se dieron cuenta enseguida de que era más inteligente de lo normal. No tenía amigos, ni siquiera entre niños de su misma capacidad intelectual. Prefería estar sola, con su querida muñeca de trapo, porque los otros niños eran aburridos y no sabían divertirse como ella. Sólo hablaba con su muñeca, era la única que la comprendía realmente. No podía jugar con ella, porque era una cosa, y las cosas no se mueven, ni piensan, y casi no sienten. Pero saben aceptar a los demás seres tal como son, y se entregan totalmente a su voluntad. Celeste aprendió, poco a poco, a comprender a las cosas. Aprendió que si las tratas bien, es decir, si las cuidas y las usas a menudo, son muy agradecidas. Puedes confiar en que estarán allí, preparadas, cuando las necesites. Pero si las dejas olvidadas en un rincón, puede pasar que, cuando vayas a buscarlas, no las veas, aunque estés seguro de que las dejaste allí. O se estropean, o se rompen, o cambian de dueño. Sí, Celeste empezó a comprender a las cosas, y sólo cuando llegas a comprender realmente algo, eres capaz de dominarlo...
(Si quieres seguir la historia encontrarás las otras partes en los "Archivos" de octubre y noviembre de 2005)
No hay comentarios:
Publicar un comentario